13/09/2009
Editorial: Que la pobreza...
Que la pobreza, la exclusión y la inequidad son parte del paisaje latinoamericano, es sabido por muchos. Que nuestro continente es el más desigual de todo el mundo es otra verdad, aunque menos conocida o la más silenciada…
Que la pobreza, la exclusión y la inequidad son parte del paisaje latinoamericano, es sabido por muchos. Que nuestro continente es el más desigual de todo el mundo es otra verdad, aunque menos conocida o la más silenciada…
Más silenciado aún, es el hecho de que somos los jóvenes los que abultamos las innumerables estadísticas que muchos organismos internacionales elaboran para medir la pobreza de nuestro continente. El aumento y la persistencia de los índices de pobreza entre los más jóvenes de nuestros países se debe -entre otras variables- a la falta de recursos destinada a los sistemas educativos públicos y su falta de vinculación con el mercado de trabajo existente; la deserción escolar por razones de subsistencia o por el desconocimiento de las diversidades culturales internas que tienen los sistemas educativos; la falta de incentivos o de políticas públicas tendientes a absorber la mano de obra al ritmo que ésta irrumpe; la falta de incentivos o programas en el mundo rural para retener a la población joven, y así permitir que este sector de la población pueda desarrollarse y contribuir en su entorno familiar y comunitario; etc.
Si las estadísticas se hacen y los diagnósticos sobre la situación de los jóvenes latinoamericanos son conocidos por tod@s, los medios masivos de comunicación sólo se encargan de criminalizar a los jóvenes. Es decir, aquell@s que son el futuro de nuestro continente son vinculados sistemáticamente con la violencia, las drogas y la delincuencia. A partir de la construcción de este discurso que es bombardeado desde la televisión, las radios y los medios gráficos la juventud latinoamericana es temida y demonizada. Las soluciones en vez de ser más educación, más trabajo y mayor inclusión; terminan siendo más cárcel, más represión y mayor exclusión. Esta situación se puede generalizar para todo el continente, y también es frecuente que cuando estos temas son discutidos desde los medios de comunicación masiva, se quiera acallar o minimizar a aquellos que quieren abordar la problemática de la exclusión y delincuencia juvenil desde sus raíces profundas, ya que los medios buscan arrastrar a la opinión pública hacia las (falsas) soluciones rápidas que más tienen que ver con la cárcel y represión, que con la educación y el trabajo. Ni hablemos que los jóvenes podamos expresarnos en estos espacios para aportar en este debate como verdaderos protagonistas que somos…
Joseph Stiglitz [Kliksberg; 1997],efectuó una estimación acerca de cuánto le cuesta al erario de los Estados Unidos arrestar a un criminal joven por delitos menores, procesarlo, tenerlo en prisión durante algunos años, después liberarlo; y lo comparó con cuánto le costaría al estado pagar su educación desde el nivel preescolar hasta una maestría. La conclusión fue que lo segundo es menor a lo primero. Entonces, se planteaba el autor, es irracional que el esfuerzo no se concentre en mejorar la educación. Sin embargo, en nuestros países abundan la falta de escuelas –sobre todo en las zonas rurales-, las campañas de alfabetización son impulsadas por los mismos jóvenes que tuvieron la suerte de todavía no pasar al batallón de los excluidos, las carreras universitarias están mirando más a EEUU o Europa que a las verdaderas necesidades productivas (tanto en el ámbito de la cultura como de la producción) de nuestros países. Eso sí, las cárceles están cada vez más llenas, los jóvenes más perseguidos o protagonizando la sección de policiales de los diarios o noticieros televisivos.
Pareciera que a nuestras sociedades les cuesta escuchar la voz de los jóvenes, prefiere estigmatizarlos, pero no se dan cuenta que mientras nos sigan dando la espalda están hipotecando su futuro y nuestro futuro. Porque el día de mañana la generación que tenga que poner en marcha nuestros países no va a estar capacitada para ocupar los espacios estratégicos que permitan hacer crecer la economía de nuestros países, o conducirlos, o enriquecer su cultura. En definitiva, estaremos hipotecando nuestro futuro a la misma élite que siempre pudo pagar por sus privilegios y –no inocentemente- es funcional y reproductora de aquel discurso que busca excluir o negar a las mayorías populares como verdaderas garantes de la transformación y el progreso de nuestro continente.
Es por eso que desde este espacio comunicacional, nuestro principal desafío es contraponer al discurso que busca estigmatizar a los jóvenes con la delincuencia y las drogas, aquél que nos presenta mayoritariamente: el de jóvenes solidarios y comprometidos con su realidad y su pueblo, el de jóvenes que disfrutamos tanto de eventos culturales como de la organización de campañas de alfabetización, educación popular, trabajo voluntario. El de los jóvenes alegres y rebeldes que no se resignan a tener el futuro que nos quieren imponer.
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